4 de agosto de 2013

Cupid candy sugar free (8)

Capítulo 8
Cuando dios te abandona


Juliet se despertó a las siete, hoy tenía que ir pronto a clase porque el profesor daría los últimos requisitos y formalidades que debían de desarrollar en su proyecto y ella iba bastante atrasada con respecto a sus compañeros de clase. Ahora que se encontraba más cómoda quizás le fuera posible concentrarse como necesitaba para dibujar en el ordenador con el programa de diseño.

Odiaba levantarse tan temprano, una de sus peores costumbres era desayunar y volver a meterse en la cama para holgazanear pero eso sólo se lo podía permitir los domingos y además le daba la impresión de que Diana no vería con buenos ojos que hiciera la vaga de esa forma.


"Diana", era curioso como la morena no se le iba de cabeza, ocupaba casi todos sus pensamientos al menor descuido, se colaba como una ráfaga de aire fresco y la alteraba por completo, logrando que hiciera cosas por ella que antes nunca había hecho por nadie. Y eso estaba comenzando a preocuparla, ¿era solo cariño y amistad lo que se estaba generando en su corazón?

Despacio salió de la cama y se puso las pantuflas que la morena le cedió anoche, se las devolvería pero por ahora las llevaría en sus pies, abrigándola del frío que impregnaba el suelo por las mañanas hasta el punto que le erizaba hasta los finos y traslucidos pelitos de su nuca.

Cogió una toalla y con pasos desganados fue hasta el baño procurando no hacer ruido, dentro del cuarto de aseo se fue desnudando y sin pudor alguno se admiró en el espejo. Le gustaba su figura, era bonita y solo apreciaba las imperfecciones que ella sabía que estaban pero que a cualquier otra persona le hubiera resultado invisible.

Alzó una mano y uno de sus dedos pasó por la turgente curvatura del lleno seno, no eran pequeños pero por suerte al ser alta se disimulaban más, además estaba orgullosa de su busto, no era ni de niña ni de estrella porno.

Miró una de las hojillas que estaban en su neceser y la cogió, se miró el rubio vello de su pubis, se metió en la bañera y abrió el agua caliente.

Para ese entonces, la morena había terminado otros dibujos que iba a llevar a la editorial de la universidad mañana para imprimirlos y armarlos para el salón del Manga. Todo aquel tiempo navegó el foro, preguntando cosas como ¿cómo se habían dado cuenta que les gustaban las chicas?, en los subforos "solo para ellas". También contestando post por aquí y por allá y vigilando su msn. NohayY brillaba por su ausencia.

Miró el reloj y se estiró. Encendió otro cigarrillo y se puso a vaciar la mochila para hacer unas compras y lavar el cobertor. Sus ojos se salieron de sus órbitas cuando un paquete dorado cayó sobre el colchón- ¡AAAHH! -el grito fue agudo y aterrado, como si hubiera visto un ratón.

Juliet abrió los ojos bajo la regadera cuando escuchó el chillido de Diana, sus manos se movieron deprisa, cerró las llaves del agua, salió de la bañera y cogió cualquier toalla que encontró por el camino, se tapó parcialmente y corriendo fue hasta la habitación de Diana.

Abrió, esperando verla caída en el suelo, herida de muerte o muerta de miedo- ¡¿Qué pasa?! ¡¿Qué?! -se quedó parada en el umbral al ver a la morena en perfecto estado.

Diana la miró con los ojos del doble de su tamaño normal. Señaló los caramelos- ¡los había tirado a la basura! -su mano temblorosa estaba como una flecha apuntando los caramelos-¡no deberían estar aquí! -no parecía notar que la otra andaba como Dios la trajo al mundo, solo buscaba su consuelo.

Juliet fue hasta ella, sus pies dejaban huellas sobre el piso y los riachuelos corrían por su piel, abrillantándola. Se detuvo y luego fue hasta la cama, se quedó mirando la bolsa, inspirando con fuerza, estiró una mano poco a poco como si creyera que la iban a morder- ¡¿pero cómo diablos...?! -no entendía nada de nada, pero de nuevo se volvía a reafirmar su teoría de que aquellos dulces no eran normales.

-¡No sé!...estaba enfadada y los tiré lejos... -la morena tenía miedo, aquello parecía cosa del demonio. Estaba claro que esos caramelos querían algo de ella. Miró a Juliet y se puso a su lado cogiéndole el brazo.

-Oye... -murmuró, pensando en una estrategia- ¿qué hacemos con ellos?

Juliet la escrutó y percibió claramente el nerviosismo de Diana, alzó una mano húmeda y le acarició una mejilla con suavidad. Giró la bolsita entre sus dedos, intrigada, ¿por qué los caramelos regresaban una y otra vez a Diana?-. Dijiste que concedían deseos... -aún lo recordaba cuando se los ofreció la primera noche.

La morena no despegaba la vista de la bolsa dorada, pero la sonrisa regresó a su rostro por el gesto de Juliet-. Si...bueno, no sé...de pronto sólo es mi imaginación... -miró a la rubia y notó claramente que el rastro mojado se evaporaba de su mejilla enrojecida.

- Tal vez, pero ha vuelto de nuevo a ti -Juliet puso boca abajo la bolsa y frunció el ceño, en ella estaba pegado un papelito doblado. Lo despegó y lo abrió- "Acaba hasta el último caramelo"-leyó y siguió- "PD: sólo al final lo sabrás, si era sueño o verdad".

Diana frunció el ceño. Aquello parecía una maldición, pero a ella no la iban a agarrar de idiota-. Ya sé lo que vamos a hacer... -ya estaba incluyendo a Juliet en sus locuras- nos los vamos a comer todos -dijo, mirando los que quedaban. Era una muestra gratis, no traía demasiados dulces- y voy a pedir deseos imposibles...vamos a ver qué tan mágicos son.

Juliet eran de ese tipo de chicas que se apuntaban a un bombardeo si estaba aburrida ese día y la sugerencia de Diana la parecía maravillosa- adelante -abrió la bolsa- pide.

La mano de Diana se alargó y tomó uno amarillo- quiero el primer premio del salón manga -y se echó el caramelo en la boca, chupeteándolo. Sabía que Irina competía y que le iba a ganar, como lo había hecho en los últimos tres años.

Juliet cogió el azul y lo escrutó- quiero ... -se quedó callada unos segundos, pensado en todo lo que podía desear pero como decía Diana era mejor pedir imposibles- quiero... -se rió con malicia- que mis tetas estén siempre en su sitio sin ayuda del sujetador -y lo metió en la boca.

Diana se echó a reír y sin pudor, se las miró- Jo...esas tetas serán legendarias -se rió con ganas porque el miedo pasó a segundo plano. Entonces masticó lo que quedaba de ese dulce de limón y cogió el último caramelo. Era rojo, muy oscuro, casi color vino.

-Quiero... -miró a Juliet a los ojos y notó el retumbar de su corazón- qui...qui... -apretó los labios porque ese era el deseo que realmente era imposible y tan secreto que no tuvo el valor de decirlo en voz alta.

Se metió el caramelo entre los labios, casi temiendo meterlo en la boca por completo. Sus mejillas se pusieron muy rojas-. Ya... -murmuró y cogió el paquete vacío y lo hizo una bolita.

Juliet siguió la trayectoria del papelito y luego escrutó el rostro de Diana-. ¿Algo especial? -comprendía que quisiera que solo se quedara para ella- ¿mmm? -le rozó los cabellos que estaban sobre uno de los hombros con suavidad.

-Si... -le sonrió con algo de pesar. Ojalá aquellos caramelos fueran así de mágicos. Hasta le daba ganas de confesárselo, sólo para desencantarse de una vez y tirarse en ese colchón por una semana entera y que se le pasara ese ardor en el corazón de una vez.

-Perdona por sacarte de la ducha...ve o te resfriarás -le dio una palmadita en la espalda, disimulando su turbación- yo te hago desayuno -ofreció.

- No importa, me gusta andar desnuda -y estornudó, sus senos se movieron levemente mientras se giraba para regresar al baño, exponiendo sus redondas nalgas- ¿Cuándo es ese salón del Manga?

Los ojos almendrados se clavaron en ese trasero turgente y brilloso- mierda... -murmuró mordiendo el caramelo hasta convertirlo en partículas muy pequeñas- e...en dos semanas -y se acomodó el cabello nerviosamente.

Juliet fue de nuevo al baño, temblando ya de frío, sintiendo que en su garganta estaba aquel sabor del caramelo, endulzando su lengua y haciendo que repasara su lengua una y otra vez por sus labios, dejando una patina transparente y brillante sobre ellos. Se secó el cuerpo con  movimientos lentos y sonrió al ver su pubis totalmente depilado.

La morena estaba preparando unas tostadas y una tortillita de huevos con jamón, odiaba cocinar, pero sentía internamente, que se lo debía. Cada vez que se volteaba y miraba ese plato con la cena que había preparado Juliet, le entraba una horrible sensación de culpa.

Le sirvió un platito con la tostada y en ella puso la tortilla. Sobre el disco amarillo se arriesgó a dibujar con salsa de tomate, un corazón muy rojo.  Se sentó a esperarla, también sentía que se lo debía.

Juliet se visitó con prisas, vaqueros ajustados y camiseta, porque ya era consciente de que, como siempre, llegaría tarde. Fue corriendo a la cocina dando ridículos saltitos mientras se ponía unas bostas rosas de estilo esquimal.-Café, café-pidió de forma ansiosa porque ese era el combustible del universo, era lo que conseguía que aquel planeta girara sobre su eje.

Se sirvió el café e inhaló el aroma del oscuro líquido y se sentó, sus ojos se vieron enseguida atraídos por aquel corazón que estaba casi reluciendo sobre la yema del huevo. Sus ojos verdes se encendieron con fuerza, destacando aquella tonalidad manzana.

- Ahhh... -susurró, nadie le había dibujado nunca un corazón en la comida, alzó el rostro- que bello... -movió el tenedor pero no se atrevió a romperlo. Cogió el bote de salsa de tomate y dibujó otro corazón más pequeño e irregular porque de pronto el pulso le temblaba. - Estos son los buenos días que me gustan -y le sonrió.

Lo primero que hizo la otra chica fue mirar los pechos de Juliet con mucha atención. No podía asegurar si estaban mejor o peor que antes, quizás los deseos tomaran tiempo. Alzó la mirada hacia los verdes espejos que la miraban de forma encantadora. Tampoco notaba cambios significativos hacia su otro deseo y éste sí le importaba como cuestión casi de vida o muerte. Entrecerró los ojos-. ¿No sientes nada raro? -su pregunta fue ambigua, casualmente, para  ver si el cambio que esperaba empezaba a florecer en el pecho de la rubia.

Ella cortó un trozo de clara y alzó las cejas- aún no -puede que todo fuera una fantasía de ellas dos-. Pero puedo hacer una prueba -se llevó las manos bajo la camiseta y comenzó a buscar los broches del sujetador para abrirlo- hoy iré sin sostén -propuso con una sonrisa entusiasmada- ver si aguantan -nada como experimentar.

-¡PPPPPPFFFFFFFF!-Diana escupió el café que tenía en la boca y con los ojos algo llorosos porque se le fue un poquito por el conducto que no era, se puso de pie, tosiendo-¿¡sin sostén!? COOOF CCOOOOFFF-el tono de Diana fue como estrangulado y un hilo de baba le colgó.

No iba a permitir que fuera meneando tetas como un campanario el domingo a la mañana. No iba a tolerar que le estuvieran viendo el pecho descaradamente.

- ¿No? -Juliet miró aquel hilo que le colgaba a Diana de la comisura de la graciosa boca. Se puso en pie, se acercó y cogió una servilleta, se la pasó por los labios con suavidad.

Aquel toque fue como el de una doncella a un dragón. Diana apagó su flama interna y su ferocidad, para dejar que esa delicada mano la alcanzara. Aunque sólo era un gesto de educación, ella imaginó que era una caricia escondida.

Entrecerró los ojos y se mordió los labios como para limpiarlos-. No...si no funcionan los caramelos andarás dando un espectáculo porno en el campus -sus cejas estaban juntas en una expresión de reproche y preocupación.

Juliet sintió que se derretía bajo aquellos ojos dulces, profundos y aterciopelados-. Entonces no lo haré -susurró, su mano siguió el perfil de la mandíbula de la morena, despejó los cabellos y admiró una de las orejas donde brillaba el pequeño y rosado arete-. Que linda... -puede que las palabras vinieran solas pero no podía dejarlas amparadas bajo la lengua, debían de salir.

-Espectáculo porno -sonrió por aquellas palabras -tengo demasiado estilo para eso -y se inclinó y besó una de las mejillas sonrosadas.

Diana abrió los ojos que había cerrado al recibir aquel inesperado pero deseado contacto. Su mano erráticamente repasaba con un trapo el reguero de café que había escupido. La superficie estaba ya limpia, pero ella siguió como el conejito de Duracell, recargada por la electricidad de un beso.

Sentía alivio inmenso por no tener que pensar todo el día en los senos de Juliet-Bueno...desayuna y ve muy abrigada...

- Regreso esta noche -suspiró Juliet, apenada, lo cierto es que ya le parecían demasiadas horas- pero a tiempo de la cena -la escrutó- y comeremos juntas -no era una petición, solamente lo afirmaba, era algo profético, predestinado, esa noche cenarían juntas.

***

Lamont se despertó más tarde de lo que era habitual en él, era de ese tipo de persona que no precisaba de un despertador pero hoy, increíblemente, salió de su pesado sueño media hora más tarde. Se quedó mirando el techo de su dormitorio, en la gran cama de matrimonio, la única concesión que se permitió dentro del piso que no era de grandes dimensiones.

Decidió tener su independencia desde que comenzó las prácticas en uno de los despachos de abogados, aún no tenía claro que quisiera ser abogado pero lo cierto era que para especializarse precisaba tener hecha la pasantía. Pero su madre no paró de invadir su intimidad hasta los veinticuatro años. Se metía en su alcoba, le fiscalizaba las llamadas, le planchaba los calzoncillos y le decía como vestir.

Por suerte era lo suficientemente atractivo para que todas las chicas con las que había salido lo invitaran a su casa o un hotel.

Frunció el ceño, le molestaba todo el cuerpo, era como si cada músculo estuviera chillando, parecía que tuviera agujeta pero lo cierto era que el día anterior no había ido al gimnasio- ufff...-se lamentó, sus dedos descendieron por los abdominales que se insinuaban bajo la tersa epidermis. Se apretó el bajo vientre, percibiendo que estaba un poco hinchado y le estaba comenzando a doler.

Apretó los parpados con fuerza, con aquel gesto inconsciente, como si creyera que eso lo iba a paliar, las molestias iban en aumento progresivamente. De pronto el celular sonó en la mesilla de noche, vibrando como un mosquito furioso.

Su mano salió disparada y sin mirar siquiera quien lo estaba llamando abrió la llamada.- ¡¿QUÉ?! -aquella rabia debió de salir de alguna parte que desconocía porque fue repentina. ¡Joder, a él le estaba doliendo y el mundo entero decidía molestarlo!

- La...La... -era la tímida voz de una de las secretarias del despacho con la cual se acostó una noche y de cuyo nombre ni se acordaba- Lamont, hoy venían los Pacific a cerrar el contrato, el jefe quiere que tomes nota y archives los expedientes del caso.

- Ya...ya.- no entendía porque estaba tan irracionalmente molesto pero no era eso todo- lo siento... -¡¿qué demonios estaba diciendo?!

- ¡¿Eh?!

- Por llevarte a la cama cuando tenías un novio... -¡¡¿Desde cuando él tenía remordimientos?!!

- No haces falta que te disculpes -el tono de la chica indicaba que no comprendía que le estaba ocurriendo a Lamont, ni siquiera se despidió de ella después de tener sexo y ahora pedía perdón-. Mira tienes...

- De verdad, de verdad... - Lamont se mordió los labios, ¡estaba loco, era eso, había perdido testosterona! -ya voy para allá -y colgó antes de decir cualquier estupidez sentimental más.

Con esfuerzo se giró y comenzó a salir de la cama, miró el conjunto que eligió la noche anterior, claro, anoche le había parecido lo más indicado, perfecto, ahora era simplemente horrible. Fue hasta el armario y eligió un conjunto de tono crema, que jamás vistió y que fue seleccionado por su madre y también la camisa rosa palo que pasó por sus hombros y comenzó a abrochar.

Lamont se miró en el espejo del baño, había algo nuevo en él, para empezar no tenía barba esa mañana, pero además sus ojos se veían más grandes, luminosos y sus rasgos aunque eran delicados y masculinos, ahora eran más frágiles, más extraños.

Fue a ponerse su colonia pero la desechó, era demasiado fuerte, de macho cabrío-. Pfff... -prefería el jabón y el agua. Se pasó los dedos por los sedosos cabellos, aquel nimbo dorado.

- Chocolate -fue corriendo a la cocina, antes cogió un calmante para aliviar los calambres que le hacán temblar las rodillas. Luego buscó una tableta y la abrió.

- Tiene muchas calorías... -no pudo evitar leer la tabla de aporte energético, eran muchas-  sólo un día -y se metió un cuadrito en la boca, dejando que se derritiera mientras salía para coger el ascensor hacia la calle.

El conserje del edificio le abrió la puerta, mirándolo sin disimulo alguno, doblando la punta de la manguera con los dedos para que el chorro que usaba para lavar la vereda no le manchara los zapatos al rubio-. Buenos diassss -el tono era extraño. Era una mezcla de alegría y algún mensaje secreto.

Las mujeres que cruzaban en ese momento lo ignoraron por completo, a lo sumo le miraban la ropa pero los ojos eran totalmente indiferentes.

Lamont frunció el ceño cuando escuchó aquel saludo, ¿cómo diablos podía sonar tan sexual un "buenos días"? Además, nunca el conserje lo había saludado, siempre lo hacía con las chicas y las señoras, pero a los hombres les dirigía un seco "hola".

Se estiró la chaqueta, era la primera vez en mucho tiempo que se sentía, expuesto, era la forma desvergonzada y atrevida en que algunos hombres lo miraban, de frente, descaradamente y sin pudor. No eran sutiles ni caballerosos, sólo parecían querer desnudarlo con la vista.

Se detuvo en la parada de la guagua, iba a llegar tarde pero lo cierto era que no pudo evitar pararse delante de un escaparate para ver un conjunto que le pareció fabuloso.

Algunas personas comenzaron a hacer una fila detrás de Lamont. Dos chicos que aún estaban en el colegio cuchicheaban y reían detrás del rubio. Se creían graciosos haciéndose oír, o tal vez disimulaban muy mal su encantamiento con cierto trasero que parecía un pan dulce en Nochebuena; esponjoso y abultadito.

Unas bocinas escandalosas resonaban cuando pasaban al lado del joven y aunque no se distinguía lo que algunos tipos le gritaban, era más que obvio que esos "ingeniosos piropos" eran para él.

Llegó el transporte y comenzaron a subir ordenadamente. Se escuchó una especie de "aullido cuando el culo de Lamont quedó en frente de la cara del chico que iba detrás de él.

Lamont estaba muy nervioso, estaba comenzando a creer que ese era el día del orgullo gay y que todos los homosexuales se habían escapado para acosarlo a él. Frunció el ceño, le estaba doliendo la cabeza de solo recordar que obscenidades le habían gritado en la calle. Pareciera que a aquellos hombres no les importara si a él podía molestarle o herirlo, sólo eran como animales en celo.

El calor lo estaba agobiando y poco a poco fue pegando su trasero a una de las paredes del transporte, protegiéndose como una virgen y deseando llegar lo antes posible, sentía la imperiosa necesidad de mirarse en un espejo.

Era cierto que había mucha gente dentro del autobús y que a esas horas era normal que se formara una masa de gente. Sin embargo, en esta ocasión, la masa que rodeó a Lamont era masculina. Un hombre alto y con cara de galán barato se le puso enfrente y apoyó sus dos brazos contra la pared, a los lados de la cabeza del rubio, formando una especie de "escudo humano" alrededor para evitar que Lamont fuera aplastado y lo miraba de una forma que él supiera que le estaba haciendo el favor de protegerlo de la muchedumbre, como si quisiera algo a cambio.

Lamont se quedó helado, ¡¿Qué coño estaba pasando allí?! Aquello no era normal, sabía que era guapo pero jamás lo habían acosado de aquella forma, ¡¿por qué estaba ocurriendo aquello?! Ya había visto aquella mirada miles de veces en el autobús, era la que usaban algunos hombres para acercase a las chicas lindas, ¡Pero joder, él no era una mujer!

Rompió el contacto visual con aquel tipo que parecía encantado con el balance de sus espesas pestañas sobre sus verdes ojos. Descendió la vista y palideció, aquel elemento se estaba empalmando delante de él, a pocos centímetros. "¡Mierda!"

El autobús se llenó más, y como quien no quiere la cosa, el hombre se aproximó, fingiendo que no podía soportar la presión de la masa que llenaba los espacios. Su cuerpo se pegó al del rubio y, aunque no lo miraba ya, disimulando, su cuerpo parecía estar muy atento al del chico que tenía enfrente. Lo aplastaba un poquito y lo apoyaba. No podían culparlo de nada, la gente lo empujaba.

Lamont jadeó y se atragantó cuando el miembro que se insinuaba bajo la tela del pantalón se apoyó claramente contra su muslo. Intentó contener las súbitas náuseas que lo acometieron, mareándolo junto con la enorme rabia de que se atreviera a hacer aquello. Sus orbes palidecieron y hasta su corazón se disparó dentro de su pecho, llenado sus oídos del rumor de la sangre.

El autobús se detuvo en otra parada, Lamont no se contuvo, sus manos salieron proyectadas hacia delante, empujó al tipo asqueroso, deseaba partirle la cara de un golpe. Se separó y tambaleante y empujando, se bajó del la guagua sin siquiera saber en que parada lo había hecho.

Lo que no contaba, era que estaba en un área donde estaban construyendo un edificio bastante grande. Nada mejor para arruinar una mañana, que pasearse frente a una obra. Un silbido alertó a los depredadores, que pasaba caperucita.

Lamont maldijo a Dios por hacerle aquello, ¿qué clase de pecado había cometido para merecer todo lo que estaba pasando aquella mañana? Comenzó a acelerar el paso, percibiendo como aquellos hombres rudos y llenos de hormonas que le salían hasta por las orejas se estaban comenzando a asomar a los andamios.

- ¡Mueve ese culo!

- ¡¿Y tú número?!

- ¡No corras tanto, quédate un rato, culo bueno!

El rubio se echó a correr como si la vida le fuera en ello, esquivando y tratando de llegar a su lugar de trabajo o algún lugar seguro donde no hubiera ni un solo hombre en cien kilómetros a la redonda.

Los aullidos aumentaron, como si fuera tremendamente sexy que alguien te gritara a voz en cuello que tu culo era un flan apetitoso. De seguro los hombres pensaban que sus víctimas se rendirían muertas de amor por sus frases.

Lamont logró llegar al aparcamiento de coches que estaba por la parte trasera del edificio del despacho. Estaba lleno de autos caros, de los jefes de los distintos despachos que ocupaban las plantas. Fue hasta un muro y se sentó en él, agobiado, cerró los ojos y desanudó la corbata con dedos temblorosos. ¡¿Cómo podían las mujeres soportar aquello todos los días sin enloquecer?!

Al cabo de unos minutos, unas administrativas pasaron cerca y, como algo totalmente inusual, observaron al agobiado joven con un recelo secreto, como si de alguna manera Lamont fuera, no un depredador, sino una especie de enemigo en igualdad de condiciones. Lo ignoraron aunque cuchicheaban.

Probablemente, todas aquellas atenciones que recibía de las chicas del trabajo se acababan de extinguir.

Lamont les sonrió y alzó una mano para saludarlas, pero ellas se giraron dándole la espalada como si no existiera, susurrándose las unas a las otras con las manos en las bocas pintadas y echándole miradas de reojo. Llegó a escuchar cosas del tipo; "¿Has visto su blusa? ¿Quien se cree que es?

Bajó la vista para mirarse, ¿qué tenía de malo su camisa? ¿Acaso no combinaba? Puede que le hiciera más gordo De repente sentía una enorme inseguridad, él, que siempre supo que era guapo, atractivo, ahora era asaltado por el agobio de no estar conforme si no veía aprobación exterior.

Se retiró con discreción y se metió en el ascensor para ir a la planta del uno de los despachos, en realidad eran varios que llevaban distintos asuntos de empresa. Disponía de un minúsculo despacho en una de las alejadas esquinas. Se pasó los dedos por los rubios cabellos, no comprendía que estaba pasando, pareciera que el mundo se hubiera vuelto del revés.

- Quizás es un sueño -se pellizcó un brazo con fuerza- ¡Auch! -las metálicas puertas se abrieron revelando la gran planta llena de mesas separadas por tabiques de madera, despachos en ambos extremos y justo al final una sala de reuniones y el despacho central.

De pronto el supervisor de área se asomó de atrás de un cubículo- Muchacho... -su tono empezó siendo algo venenoso, pero se suavizó cuando hicieron contacto visual. Se le quedó viendo de forma quizás demasiado intensa y de pronto, sonrió:-Tráeme un café doble, cargado y con edulcorante -su tono esta vez, fue de superioridad, casi como si el otro fuera de una subespecie humanoide.

Lamont se quedó unos instantes petrificado, sin poder creer lo que acaba de escuchar, él jamás le había llevado café al supervisor, eso era cosa de las secretarias, no suya, no recordaba que eso constara dentro de su contrato de practicas.

Entró de mal humor en su propio cubículo, que estaba atestado de montañas de expedientes que debían ser cerrados y ordenados de nuevo, año por año. Dejó su maletín sobre la mesa y apretó las manos varias veces, formando puños, podía hacerse el loco y no llevar ese café de la humillación, pero aquel tipo era también su supervisor y debía de obedecer algunos de sus caprichos aunque le fastidiara.

Fue hasta la máquina, sin percatarse del rumor que se levantaba cuando pasaba. Llenó uno de los vasos y cogió varios de los sobres de edulcorante, ésta sería la última vez que hiciera algo parecido.

Todo envarado, desafiando al mismo aire acondicionado fue hasta el despacho del supervisor. Tocó en la puerta con los nudillos, tratando de controlar las ganas de patearla y echarla abajo.

-Ahh, edulcorante, ¿no? -le quitó el vasito de la mano y dejó una caricia poco disimulada sobre los dedos del rubio-. Sé que te sonará algo exagerado que no use azúcar....He estado pensando...que debería aumentar mis abdominales para tener más fibra en el verano... ¿qué crees? -susurró y se levantó un poco la camisa, enseñando el vientre. Se lo golpeteó, mientras sonreía de forma chula.

Lamont se llevó la mano que fue acariciada a la espalda, disimuladamente se frotó los dedos que le daba la impresión que aún ardían por aquel toque descarado. Sus ojos se posaron sobre los marcados abdominales del supervisor, que siempre eran disimulados por los trajes de chaqueta que lucía, tenía ese tipo de músculos que si aumentaba los ejercicios, entonces reventaría, podría tallar diamantes sobre ellos.

Arqueó las cejas, notando que tenía el deseo de buscarle otro café para tirárselo a la cara. "¡Menudo chulo!", ¿creía que lo impresionaba con eso? Espera, espera, ¿por qué diablos deseaba ser impresionado?

Apartó aquellos orbes de tono manzana y los clavó en un punto indeterminado por detrás del supervisor-. No lo sé -estaba tenso, sintió una gota de sudor corriendo a lo largo de su columna vertebral- ¿Necesita algo más?

El hombre se quedó meditando un rato mientras bebía su café, parecía que disfrutaba el torturar personalmente a Lamont, sin decirle nada, solo mirándolo. Ni siquiera se había planteado el por qué, ese practicante del cual no recordaba ni el nombre, de pronto atrajera su atención-Ahh... necesito que saques unas copias...-lo  haló dentro de la oficina.

Le empezó a poner pilas de expedientes-¿Cómo es que te llamas?

Lamont se quedó con las manos hacia delante, dejando que pusiera las carpetas sobre ellas. De repente apretó los labios, formando una línea recta en su rostro, tratando de contener una emoción totalmente nueva para él y que era dolorosa, una aguja que entraba por su costado y hundía poco a poco en su corazón.

Llevaba un año allí, un año trabajando cerca de aquel hombre solo para acabar de descubrir que hasta solo hace un minuto no era más una sombra para él. Nunca se percató de que existía. Un año esforzándose, aprendiendo y dedicando tiempo, para sólo saber que nunca existió "¿Así se siente cuando no recuerdan tu nombre?"

- Lamont -sintió que sus ojos se cristalizaban, ¡¿Por qué estaba tan sensible?! Sólo era una estúpida tontería, causada por aquel pervertido ingrato.

-Bueno...Lamont... sácame las copias.... Ya sabes, tienes que aprender el oficio...-dijo, como si acabara de llegar al despacho y él le hiciera un enorme favor.

- Llevo un año aquí y tengo mi carrera terminada, sé hacer muchas cosas -siseó como un gato rabioso. No pudo morderse la lengua porque aquello le llegó hasta lo más hondo de su orgullo, se giró con el porte de una reina y comenzó a salir del despacho.

El supervisor solo sonrió, pensando que Lamont era demasiado sensible y con ese carácter, nunca podría sobrevivir en un ambiente como aquel, donde los tiburones, se comían a las rémoras.

En la fotocopiadora, quizás ayer le hubieran sonreído e incluso ayudado a sacar las copias, pero hoy, la secretaria que vigilaba que nadie sacara ni una copia que no fuera de la oficina (trabajo que no le competía pero que ella desempeñaba con malicia y sumo placer), simplemente lo miró fijamente, como advirtiéndole que no se le ocurriera dañar la máquina.

Lamont sintió que las manos le temblaban sin control, aquello le llevaría varias horas, nunca, nunca se había sentido tan mal, que valía tan poca cosa. Siempre siendo el vencedor, el ganador, estaba destinado a ser uno de los grandes, sin corazón, frío como le hielo, implacable como una tormenta.

-¡¡ ¿Por qué me has abandonado Dios?!! -gimió, como un moribundo mientras se aferraba a la fotocopia como si fuera su mejor amiga, su alma gemela. Le llevaría horas hacer aquel trabajo- ¡mierrrrdaaaaaaa!

***

Por la tarde, Diana ya tenía el cobertor lavado y secado, justo para devolvérselo a Juliet. Había comprado palomitas para microondas y estaba dispuesta a ver "SAW", ya que tenía ganas de inspirarse para una escena sangrienta de su manga.

Esperaba que Juliet llegara de un momento a otro, ya que quizás....sólo quizás, si se impresionaba, se pegaría a ella en el sillón. Los ojos acaramelados de la morena brillaron con ilusión y malicia mezcladas en idénticas proporciones. Hoy ni había pensado en sus adorados catálogos de Vistoria´s Secret. Ahora su fantasía empezaba a afianzarse en otro lado.

Toda esa mañana había estado pensando en la rubia, tanto así, que aunque estuvo metida en el foro y con el msn abierto, estaba pendiente a cualquier ruido y a su móvil por si ella llamaba, cosa que no había sucedido. No fue capaz de escribir nada ingenioso, solo tenía ganas de ser aconsejada.

De pronto sonó el teléfono fijo y casi tira al demonio su zumo de uvas verdes, porque corrió como una desesperada a tomar la llamada- ¿Aló?

- ¿Juliet? -una voz ronca y rota sonó al otro lado- ¿Juliet? -se escuchó con claridad el sonido de unos mocos que eran sorbidos ruidosamente.

Diana frunció el ceño, un pinchazo de celos le atravesó el pecho- Juliet aún no ha llegado, ¿quién le habla? -contuvo su voz venenosa, porque pensaba que era el ex novio en plan "estoy arrepentido, vuelve conmigo...mira, estoy llorando".

- Soy...soy...Lamont -jadeó y apretó los ojos con fuerza- su primo... -estaba llamando desde su móvil mientras caminaba por la calle, esquivando a las otras personas de puro milagro- yo...yo... ¿de verdad que no está? -el tono seguía siendo muy ronco- es que no me encuentro bien.

-Ah...Hola, Lamont... -suspiró aliviada- está por llegar de un momento a otro... -notó el tono de su voz- ¿quieres... -no sabía si decirle que viniera.

Lamont enseguida se aferró a aquella posibilidad como un naufrago un pedazo de madero-. Por favor, dime donde viven -Diana le dio la dirección- voy para allá -aquella noche no quería estar solo, no se encontraba bien, no sabía qué le pasaba, estaba confundido y angustiado.



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1 comentario:

  1. Diablos! si se cumplió y yo que dudaba que se cumpliera ese deseo :O pobre, pero se lo merece muajajaja sufre un poco muajajajaja

    PD: esos caramelos son de cuidado D:

    ResponderEliminar

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